¿Y dónde está mi papá?

He escuchado esta pregunta desde que era niña. Yo misma se la lancé a mi madre y me la formulé en solitario unas cuantas veces…

Encontrarme con mi hija a la hora de salida de la escuela es uno de los momentos más lindos de mi día. Me recibe con una gran sonrisa y se me bota a los brazos con emoción diciendo algo sobre su día: «me comí la sopa de sol, pero no me dieron arroz». Cruzamos la puerta de salida y acto seguido se detiene, me mira con esos ojos negros y pregunta:        «¡Mamá! ¿Y dónde está mi papá? En el trabajo mi vida, en un rato lo veremos…»   Un padre amoroso, que siempre regresa, es un gran presente.

Mi papá trabajó gran parte de su vida en una fábrica de tejidos. Era operario de un telar y tenía jornadas de 8 horas, más las 2 que se gastaba de viaje en metro, caminando y en bus. Recuerdo esperarlo desde muy pequeña, en el balcón de la casa, salir corriendo a abrirle la puerta y lanzarme a sus brazos como si no lo hubiese visto en años. Él soltaba todo lo que tenía en las manos y me abrazaba con amor. ¡Qué reencuentros tan deliciosos!

«A los padres que mantienen distanciamientos artificiales con sus hijos, por una cuestión cultural, por haber trabajado más de la cuenta, o por optar no estar presente, solo puedo decirles una cosa: No saben lo que están perdiendo. Los hijos están siempre diciendo adiós. Lo único de valor en la vida es el tiempo que pasas con quien amas.»

Marcos Piangers

Extrañar a alguien duele en la panza. Tolerar los momentos de ausencia es uno de los grandes desafíos de la niñez. La angustia de la separación es dolorosa, más aún cuando necesitas tanto del otro. El ejercicio de esperar, de tolerar los ires y venires, de aprender que los amores se alejan, pero regresan, es necesario, es sano, es humano. El ver retornar a la persona amada permite soportar la angustia y descubrir que podemos lograr ciertos imposibles por nosotros mismos. Tolerar la ausencia nos confronta con nuestra soledad, con nuestros límites y también con lo que podemos lograr y desconocíamos. Pero, ¿Qué pasa cuando no hay retorno, cuando la espera es infinita y el otro tan amado y necesario no llega? No queda más remedio que hacer duelo, sentir dolor, dejar ir y aceptar el vacío para reponernos y construir una posibilidad de existencia con lo que tenemos.

La ausencia permanente de un padre produce una gran sacudida existencial. Si el padre no está, sea por elección o por circunstancias desfavorables como una muerte repentina, hay dolor, sufrimiento, afectos negativos y grandes interrogantes. La presencia de una madre amorosa, una familia acogedora, es un gran soporte, pero no satura el agujero que deja dicha ausencia. El niño tiene por delante el desafío de realizar su trabajo de duelo, para así poder seguir su camino.

Pepe tenía 8 años cuando lo conocí. Llegó a mi consulta porque le costaba esperar y eso le empezaba a traer problemas en la escuela, con sus amigos y con su mamá.  Él era un niño muy conversador, risueño, travieso, inteligente y ocurrido. Amaba jugar con los legos y hacer monstruos de plastilina. Las sesiones con él eran pura energía, gracia e intensidad. En medio de las risas, las batallas de héroes y las construcciones, un día me dijo: «¿y dónde está mi papá?, ¿así de desagradable soy que no me quiere?»

No sé dónde está el papá de Pepe. Eligió distanciarse de su hijo y seguir con sus proyectos de progreso lejos de las responsabilidades, los afectos y desafíos que implica ser padre. Pepe tiene mucho amor en su vida, sé que, a pesar del dolor y el vacío de la ausencia de su progenitor, podrá reponerse y ser un adulto ejemplar, amoroso y sensible como lo es ahora de niño. Lamento mucho que él, mereciendo lo mejor del mundo, no tenga un papá, me resulta injusto, absurdo, e increíble. Yo también estoy llena de interrogantes.

¿Alejarse por miedo, por comodidad, facilidad o incapacidad? Parece que amar da mucho miedo. Siento nostalgia, un poco de pena y curiosidad por su elección y la de tantos hombres de no estar. Veo a Pepe y no puedo creer que su padre optara por desaparecer y perderse de tanto: de ese niño que es pura vida, puro amor y sonrisas. Lo que hizo su padre, fue como ganarse la lotería y salir corriendo de terror al no saber qué hacer con tanto.

De acuerdo a las proyecciones poblacionales en Ecuador existen 4´333.264 niños y niñas entre 0 y 12 años. Según el INEC[1], el 30% de estos niños no conviven con ambos padres. Espero que Pepe tenga la ocasión de construir en un futuro, espacios de encuentros, ires y venires llenos de emoción. Su progenitor perdió y lo perdió, pero los hijos de Pepe quizás tengan la fortuna de esperar con emoción que llegue a casa y los llene de abrazos, de palabras y presencia amorosa. Son muchos los padres invisibles que cada vez más se comprometen con la crianza de sus hijos. ¡Salud por ellos, por sus hijos y por nosotros como sociedad!

Doy gracias a mi padre, a mi esposo y a todos los hombres que eligen quedarse. A aquellos que vencen sus miedos y reciben en sus vidas al amor, a los desafíos de la crianza, el no saber y a las críticas sociales que cada vez más desestiman a un genérico de hombres que no los representan a todos. Doy gracias a los padres imperfectos pero valerosos que me llenan de orgullo y esperanza porque están ahí para sus hijos.

Feliz día para aquellos padres que eligen quedare y dar hasta lo que no tienen.

El mundo es un mejor lugar gracias a ustedes.

[1] Ecuador en cifras

Escrito por:
Gloria E. Castrillón Galvis

Psicóloga, Master en Educación.
Fundación Azulado
g.castrillon@azulado.org

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