Vacaciones de Verano

Han transcurrido al menos tres semanas desde que empezó el período de vacaciones escolares. Seguramente muchos padres, abuelos y cuidadores veían con terror el inicio del verano, preguntándose: ¿Qué voy a hacer con estos niños 2 meses en la casa?

Algunas familias más organizadas ya han inscrito a sus hijos en algún campamento de verano o enviaron a sus hijos a casa de sus abuelos o parientes en alguna ciudad cercana y otros, más afortunados, tomaron un avión y salieron a un destino paradisiaco. Todas estas son opciones válidas y respetables, ya que favorecen a grandes y chicos el tiempo de descanso obligatorio.

Sin embargo, analizando con mayor detenimiento y sensibilidad, es importante rescatar el verdadero valor y la gran oportunidad para generar calidad de vida de una familia cuando los hijos están en su merecido y necesario período de vacaciones.

La vida cotidiana representa una exigencia altísima para padres e hijos. Diariamente, nos vemos sumergidos en un remolino de actividades y demandas que nos saturan cuerpo, mente y espíritu. El estrés laboral, las exigencias académicas y la competitividad que hoy sacuden nuestras vidas nos están alejando y distanciando de la verdadera esencia del ser humano. Poco a poco nos olvidamos de los detalles simples y de encontrar nuestro verdadero sentido.

Esto no deja de afectar a nuestros hijos, quienes llevan una carga emocional importante en sí mismos. En este sentido, el período de vacaciones podría convertirse en ese espacio sanador, reparador y de regocijo entre padres e hijos. Las vacaciones escolares son un tiempo para revalorizar lo que somos, reestructurar nuestros modelos de comunicación como familia, preocuparnos por el bienestar de cada miembro y empatizar con las necesidades de los hijos fuera del colegio.

Cuando pregunto a niños de diferentes edades qué es lo que más les gusta de estar en vacaciones, responden con argumentos que sorprenden: “para mí, las vacaciones es disfrutar con mi familia”; “me gusta estar de vacaciones porque soy libre”; “las vacaciones me encantan porque puedo estar con mis abuelos”; “es cuando mi mami me deja hacer experimentos”; “en las vacaciones mi papi me enseña a montar bici y a nadar”; “me encantan las vacaciones porque podemos salir a la naturaleza y disfrutar”; “creo que en las vacaciones es donde puedo vivir mis sueños”.

Todos estos argumentos llenan de esperanza a los más grandes, pues vemos que lo esencial es invisible a los ojos, como diría El Principito. No hay nada más hermoso para un padre o una madre saber que sus hijos necesitan de ese espacio de calidad, de ternura y de conexión con nosotros. Nos piden a gritos que necesitan que estemos atentos a sus nuevas experiencias. Por lo tanto, mientras más atención, mejor comunicación y buenos tratos tengamos en familia, mayores serán las gratificaciones emocionales entre padres e hijos.

Aprovechemos esta época para cultivar seguridad, autoestima y vínculos con nuestros hijos en actividades tan sencillas como salir de caminata por un sendero entre eucaliptos, miremos el atardecer desde una bella terraza, enseñemos a nuestros hijos nuevas destrezas como volar cometas, salgamos a disfrutar de un día de campo con picnic incluido o simplemente jugar un divertido juego de mesa con los abuelos y primos.

La vacaciones de verano, lejos de representar un gasto extremo, debería ser ese tiempo predilecto para reencontrarnos con nuestros hijos y disfrutar de un desayuno compartido en familia, de cenas extendidas, de películas un viernes de noche…. Dejemos anécdotas y experiencias emocionales a nuestros hijos, generemos tradiciones familiares que las guarden en su memoria y reforcemos la idea de que los padres somos las personas a las que deben acudir cuando más lo necesiten.

¡Feliz verano 2019!

Por: María Soledad Andrade
Psicóloga Clínica & Master Psicología Infantil 

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