Si me quieres, respétame

Abril es el mes de la prevención del abuso infantil. Por esa razón, queremos visibilizar una de sus manifestaciones más silenciosas: la negligencia. Esta se refiere a la falta de cuidado del niño en sus necesidades sanitarias, educativas, de desarrollo psicológico, nutricional, de alojamiento y protección frente a cualquier peligro.

Abril, mes de prevención del abuso infantil

Veo humanos, pero no veo humanidad

El principito

La violencia y el maltrato hacia los niños afecta gravemente su desarrollo físico, emocional, cognitivo y social. En el año 2006, la Organización de las Naciones Unidas publicó un estudio que evidencia la dimensión del maltrato infantil, señalando que 80.000 niños y niñas pierden la vida anualmente en América Latina como consecuencia de la violencia doméstica (UNICEF, 2011). En el mes de la prevención del abuso infantil, queremos visibilizar una de sus manifestaciones más silenciosas: la negligencia. Esta se refiere a la falta de cuidado del niño en sus necesidades sanitarias, educativas, de desarrollo psicológico, nutricional, de alojamiento y protección frente a cualquier peligro.

Los adultos, en los apuros de la vida cotidiana, suelen olvidar su propio transitar por la infancia. Es en esta amnesia o desconexión que dejamos de ver lo esencial y esperamos de nuestros niños que, de manera automática, se tornen súper hombres perfectos y acabados. La infancia es en sí una fase de duelos, privaciones y equívocos. Nuestros niños no son muñecos mecánicos, tienen afectos, ideales y pensamientos.

Los niños, al igual que los adultos, sufren, y es nuestra responsabilidad visibilizar, acoger y acompañarlos en sus momentos de vulnerabilidad. Los signos de angustia infantil frecuentemente son interpretados por los adultos como mal comportamiento, y su respuesta inmediata suele ser el castigo. Si un niño llora en exceso, golpea, se hace pipí en la ropa, está retraído, no quiere comer o se irrita con gran facilidad, enciende las luces de alarma; acércate y averigua que pasa. Dejarlos solos en sus crisis es tan transgresor como castigarlos por sentir enojo, tristeza o frustración.

Acoger al niño en sus momentos de mayor frustración es respetar su proceso evolutivo de conocerse y relacionarse con los otros. Solemos decirles: “no llores, háblame, ya no eres un bebé” señalando justamente que hubo una evolución y no es más el ser indefenso que tenía como única opción de expresión el llanto. La construcción de vínculos afectuosos permite a los niños tener la confianza de expresar su malestar, de romper el silencio y pedir ayuda.

En el mes de la prevención del abuso infantil, estamos invitados a hacer una pausa y ejecutar acciones que visibilicen y den palabra a los niños que los rodean. Necesitamos de adultos capaces de humanizar a los niños a través del reconocimiento y respecto de sus afectos. Ofrecer una palabra de aliento en vez de gritos, un respiro para hallar serenidad, escucha para que emerjan sus palabras y presencia para acompañarlos en los altos y bajos de este transitar por la infancia. No ignoremos sus pedidos.

Por: Gloria E. Castrillón Galvis
Psicóloga Clínica & Magister en Educación

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