¡No quiero comer!

La hora de las comidas principales era un momento tenso. Lloros, gritos, vómitos y autoagresiones de los niños creaban un coro de lamentos. Mamás desesperadas, angustiadas, desconectadas, confusas o irritadas fluctuaban entre intentarlo todo y darse por vencidas.

CUANDO EL ALMA DUELE, LA COMIDA NO PASA

La hora de las comidas principales era un momento tenso. Lloros, gritos, vómitos y autoagresiones de los niños creaban un coro de lamentos. Mamás desesperadas, angustiadas, desconectadas, confusas o irritadas fluctuaban entre intentarlo todo y darse por vencidas. Bebés y niños se negaban a abrir la boca pese a los esfuerzos fallidos de sus madres. Esa fue una parte imporante de mi estadía como residente de psicología en un hospital pediátrico de la ciudad de Medellín.

Niños de cero a cinco años eran la mayor población en el área de hospitalizaciones. Entre dificultades cardíacas, intoxicaciones, infecciones y demás situaciones delicadas de salud, la desnutrición infantil era la condición prevaleciente de las estadías prolongadas (30 días o más). Los casos más graves en términos de salud física eran remitidos a psicología. A la consulta acudían las madres, en su mayoría rotas, por los avatares de la violencia, la pobreza extrema, la desvalorización de su rol o la invisibilidad de su existencia.

Y sus hijos, por su parte, de alguna manera lanzaban un llamado, un mensaje encriptado a través de su rechazo al alimento. Cada madre le atribuía su propia significación: “Doctora, cada día se me va apagando, no se ve como mi hijo, lo miro y siento que no tiene alma”, “A veces me provoca irme y dejarlo aquí. Siento que me castiga, que a él le gusta que yo esté emperrada. Lo sacudo, le hablo, le embuto, le ruego y con más ganas me escupe a la cara”, “Ya no quiero tocarlo. Cuando lo cargo siento un bulto de huesos que me juzga, está molesto conmigo”.

Todos esos niños tenían algo en común. En horarios diferentes a los de las comidas eran muy silenciosos. Difícilmente lloraban. Les invitabas a jugar y parecían no tener interés, no sentir fuerzas ni deseo. Los padres brillaban por su ausencia y las madres eran espejos de sus bebés: cansadas, molestas, sin fuerzas. La nada, el rechazo, la culpa y la falta de deseo eran elementos comunes. Era un escenario melancólico con trazos de un luto anticipado. ¿Cuál es el elemento perdido, muerto o fantasmático en esta relación?

Durante este período aprendí que la comida nunca es solo comida. La alimentación, en la especie humana, es en sí misma, afectiva. Madre e hijo construyen un lenguaje relacional en el ritual de alimentar y ser alimentado, de dar y recibir. De aceptar o rechazar. Desde las abuelas generosas que preparan banquetes para unir en la mesa a las grandes familias hasta el momento íntimo de una madre con su hijo lactante, donde el intercambio de miradas, las caricias, el sostener en brazos y acompañar, cobijan con afecto el acto de alimentar.

Aprendí que buscamos comida cuando nos sentimos solos, tristes, con miedo o angustia para encontrar en la satisfacción del comer algo de esa contención de mamá. Aprendí que cuando un bebé, niño, joven o adulto cierra la boca y decide no comer, hay una conexión entre almas dolidas con esa madre presente o ausente, quienes lloran juntos la pérdida de ese algo enigmático, cuya ausencia les reduce a la nada.

Aprendí que es justo en la relación y no en la comida donde se abre un camino posible de reparación, de encuentro y de conexión. Es en el contacto con lo que está roto que podemos recoger las trizas y transformarlas en una posibilidad de existencia. Es en el afecto y no en el mero acto de comer o no comer que pueden renacer un hijo y una madre.

Gloria E. Castrillón Galvis
Psicóloga, Magister en educación

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