A MI TAMBIÉN ME PEGARON…

Recuerdo mi último año como estudiante de psicología. Me encontraba realizando mis prácticas profesionales en la Clínica Infantil Santa Ana. En esta unidad hospitalaria asistían niños con diversos problemas de salud, la mayoría de ellos relacionados con desnutrición, dificultades respiratorias o infecciones diversas. Era un espacio particular, porque las hospitalizaciones eran prolongadas, algunos niños pasaban allí semanas, otros incluso meses. Recuerdo como cada historia, cada mirada, cada silencio, cada niño triste, cada matiz de la enfermedad y el dolor, me dejaron un rastro, una pregunta, una lección de vida.

Era un día común, iniciaba la ronda hospitalaria a las 6:00AM, ahí estaba yo con mi libretita junto al pediatra, el médico de guardia, las enfermeras, la nutri y los residentes. Al llegar a la cama 6, el doctor hace una pausa. Antes de pasar al siguiente paciente, debo decirles algo, me mira y me dice: “Este paciente es para ti… el niño tiene una fractura en el brazo y una lesión craneal muy peculiar. La madre, al momento del ingreso relata que el niño se rodó por las escaleras… obsérvala y nos cuentas.” El niño ya había estado antes en el hospital, primero por una crisis de hipotermia, luego por quemaduras en los brazos y ahora esta caída por las escaleras. Llegamos a la cama 7 y allí estaba una madre con su hijo en brazos. Lo miraba, lo acariciaba y nos sonreía. El niño se le escurría, quería ir a su cama. Observo miradas de hostilidad de las enfermeras. Una de ellas dice: “Mamá, el niño no quiere que lo cargue, déjelo descansar”. No entendí muy bien que pasaba. El diagnóstico médico fue para la madre: “Munchausen por poder”. Al día siguiente la mamá ya no estaba, el niño pasó allí tres semanas y su madre fue investigada por maltrato infantil. Yo me sentía muy confundida, no podía creer que alguien hiciera algo así a su propio hijo. Pero lo peor vendría después… No solo las madres enfermas o psicopáticas son maltratadoras.

La clínica tenía un comedor colectivo para los niños del área de hospitalización, era un espacio al que acudía con regularidad porque en el momento de las comidas principales podía conocer detalles muy valiosos del vinculo madre hijo. Yo era solo una aprendiz de psicología, observaba, echaba una mano a alguna madre que lo permitía y decía cosas muy obvias como: “mamá, podría intentar cambiando de posición, qué tal si mira al niño mientras le ofrece la comida… no lo obligue, en medio del llanto no va a comer. ¿Qué tal si se toman una pausa y luego continúan?”. Ellas también me decían cosas obvias: “Sino come se va a morir, ya llevamos 4 días y solo ganó 100 gramos… si lo espero llegamos a la noche y él con la boca llena, no ve que no traga”.

Me di cuenta de algo que rectifico en mi día a día, cada vez que escucho a un paciente hablar de su infancia, cada vez que recibo en consulta a una madre desesperada, cuando voy a realizar compras al supermercado, en mi experiencia materna o cuando leo la prensa: El maltrato infantil no es una excepción, es la regla generacional que nos persigue. El maltrato se nos presenta como respuesta visceral en momentos de angustia, de enojo, de frustración o simplemente de existencia. Todos tenemos una gran capacidad de amar, de servir, de actuar con bien y ser generosos, pero también tenemos un gran potencial destructivo y maltratante, del que debemos ocuparnos, reconocerlo, identificar sus orígenes en nuestra historia y trabajar cada día para no estar a su merced…

Una paciente muy sabia me dijo recientemente: “Cada día hago un esfuerzo para no repetir mi historia, pero es una gran lucha porque cuando me enojo o estoy agotada, lo que me sale son las ganas de acabar con mi hijo. A veces me doy cuenta cuando me está saliendo el cuco y me freno, pero otras veces es tarde y luego me siento como basura…”

Dar al otro un trato digno, respetuoso y amoroso parece algo mínimo y realizable, pero no lo lograremos de manera espontánea, nos convoca al esfuerzo, a la lucha, a la constancia y la perseverancia de mirarnos, cuestionarnos, reconocernos y esforzarnos por dar lo mejor, lo que ellos y nosotros merecemos. Ojalá los niños del mañana o del pasado mañana cambien la frase por: “A mí tampoco me pegaron…”

Gloria Castrillón Galvis
Psicóloga Fundación Azulado

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